Klaus Meyer
Registrado: 13 Abr 2005 Mensajes: 9 Ubicación: Venezuela
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Publicado: Mar Abr 10, 2007 7:25 pm Asunto: Qué dice el Cristianismo del Socialismo |
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El país político
Qué dice
el Cristianismo
del Socialismo
Pedro Trigo, s.j.*
Vamos a intentar hacer un discernimiento cristiano del socialismo o, si se quiere ver desde otro ángulo, tratar de determinar lo que del socialismo resulta aceptable al cristianismo.
Proponemos el tema de manera situada porque llevado a cabo con toda su amplitud y complejidad, aunque sea sumariamente, es imposible en un breve artículo.
En primer lugar hay que reconocer que han existido y existen, se han propuesto y se proponen muy diversos tipos de socialismo. Por eso haremos el análisis en base a hipótesis: si entendemos esto, decimos esto, pero si entendemos esto otro, tenemos que decir otra cosa o incluso lo contrario. Pero antes, haremos una apreciación sobre su pretensión histórica.
El socialismo nace cuando se ha desarrollado el liberalismo y cuando son patentes los desastres que ha ocasionado. Podríamos resumido en la frase de M. Stael: "libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre". La libertad individual, como único principio de estructuración y funcionamiento social, conduce a la lucha de todos contra todos, y por tanto al dominio de los que tienen más recursos (técnicos, económicos, políticos) o los mejor posicionados o con menos escrúpulos.
De esta constatación, que hoy es más pertinente aún que cuando comenzó el socialismo, pueden extraerse tres consecuencias: la primera es la que se nos sigue proponiendo desde los centros de poder: nos guste o no, ésa es la realidad y no queda más alternativa que jugar este juego. La segunda es la que sugería la autora de la frase y siguen proponiendo gente moral y bienpensante, entre ellos no pocos religiosos y, no poca gente progresista: puesto que usamos mal de nuestra libertad (bastantes cristianos dirían por efecto del pecado original), tenemos que volver a una sociedad patriarcal en la que los más humanos (los filósofos, decía Platón) tutelen a los demás o (como quería Hegel y tras él los socialistas dialécticos) el Estado, un Estado que conforme a razón, controle a los individuos proporcionándoles además cauces en los que puedan desarrollar su creatividad constructivamente.
La tercera es que la libertad ilustrada y liberada (moral y luces, que decía el ilustre caraqueño) elija democráticamente encauzar la libertad al bien común, tarea que no se hace de una vez por todas, como en el caso anterior, sino que tiene que reiterarse constantemente. ¿Qué decir cristiana mente de cada alternativa?
LIBERTADLIBERAL
De la primera, dos cosas complementarias: la primera, que para el Dios cristiano la libertad humana es tan sagrada que no la coarta ni cuando prevé que al usada mal va a condenarse, es decir se acarrea el fracaso existencial. Así pues, cristianamente no puede justificarse una sociedad en la que no existan libertadas públicas y la libertad haya quedado confinada a la esfera privada o en la que incluso ésta se coarte para dificultar que se cometa el mal. Jesús se refiere siempre a actitudes básicas y las propone apelando siempre al proyecto vital de cada persona: "si quieres..." En definitiva, si quieres llegar a ser cualitativamente humano, ten esta actitud, sigue por este camino. Todo depende de si la persona quiere.
Aunque cerrarse a esa oportunidad acarrea la deshumanización. A diferencia de Moisés y Mahoma, de Jesús no puede extraerse una normativa social minuciosa ni imponerse desde la autoridad política.
Segundo, que la libertad no es el único principio de ordenamiento social. En primer lugar para Jesús la libertad no es lo mismo que el libre arbitrio sino que necesita ser liberada. En segundo lugar que la libertad forma parte de la humanidad del ser humano y por eso ha de medirse por la verdad y dirigirse a la vida, responsabilizándose de ella, y a la calidad humana de esa vida, que es una vida respectiva, que no ha nacido de cada uno y que desagua en otros, una vida filial y fraterna, justa, corresponsable y solidaria.
Así pues, el ordenamiento social debe tener ante sí al cuerpo social personalizado, uno de cuyos ingredientes es la libertad, pero no una libertad abstracta sino de seres humanos mutuamente referidos y corresponsables. Por eso el cristianismo rechaza que la libertad individual sea el único principio, pero también rechaza cualquier diseño que menoscabe la libertad.
TUTELA DEL ESTADO
Hay que reconocer que bastantes cristianos a lo largo de la historia y entre ellos casi siempre la institución eclesiástica, han optado por la segunda opción. Así como la jerarquía ha dictado la doctrina, las ceremonias y las conductas a los fieles para que las acaten como venidas de Dios y rijan por ellas su vida, así ha concebido que la sociedad bien ordenada es la que más semeja al organismo humano: unos, que son la cabeza, están para dirigir los asuntos económicos, moldear la cultura y gobernar, otros deben velar por el orden, otros deben explicar el camino de Dios, guiar por él y orar, y otros deben trabajar produciendo bienes y servicios y organizando la producción. En este diseño cada uno tiene su puesto y por tanto sus correspondientes derechos y deberes. La Iglesia desconfió casi siempre de la democracia política porque tampoco practicó la fraternidad en su seno con todas las consecuencias.
Sin embargo conforme avanzaba el siglo XX, fueron surgiendo voces cada vez más numerosas y autorizadas que hacían ver que esta posición no estaba respaldada por el Evangelio, y que lo que menos desdecía de su propuesta era la democracia animada por la justicia social.
Desde esta perspectiva nació la doctrina social de la Iglesia que como cuerpo doctrinal se plasmó entre las dos guerras mundiales, que fue acogida como parte sustancial del cristianismo por el Vaticano y desarrollada por las encíclicas, sobre todo la Populorum progressio de Pablo VI y la Laborens exercens,la Sollicitudo rei sociales y la Centesimus annus de Juan Pablo II. La Teología de la Liberación, radicalizando el Concilio, hizo ver que este campo no era una aplicación del cristianismo sino que formaba parte de su núcleo, si ese núcleo lo constituía el Reino de Dios, concretado en la praxis de Jesús y en sus palabras que la inscribían en el horizonte desde donde había que comprenderla.
DEMOCRACIA SOCIAL
El horizonte cristiano irrenunciable es la humanidad concebida como una familia de pueblos, es decir un mundo (instituciones, estructuras, ideología, símbolos, relaciones...) que sea expresión de la fraternidad de las hijas e hijos de Dios. Ese horizonte es rigurosamente trascendente, no sólo porque lo es el no aspirar a nacer de sí mismo como si no tuviera ningún fundamento sino vivir con la confianza de que somos puestos y mantenidos en la realidad por el amor gratuito del que dimana la vida, sino igualmente porque lo es el considerar como hermanos no sólo a los de carne y sangre o de etnia o del colectivo cálido por el que me defino, sino a todos los seres humanos, incluidos los otros, los diferentes, y también los desconocidos y más aún los pobres e incluso los enemigos.
La humanidad no puede llegar a ser realmente humana si no se propone este horizonte y no se va hacia él, pero tampoco lo sería si quienes aspiran a vivir en este horizonte tratan de imponerlo a los demás. Con esto estamos excluyendo tanto la libertad liberal, que no tiene más horizonte que ella misma, como la tutela estatal, que desconfiando de llegar a él por otras vías, lo impone desde el Estado.
Yendo a la figura histórica actual (cuya dirección hasta hoy dominante está impuesta por las corporaciones globalizadas que han logrado mediatizar a los Estados y estigmatizar o banalizar la política, y que por el control de los medios masivos mediatizan la democracia convenciendo a los votantes de que no hay otro horizonte), lo primero que sostiene el cristianismo es que en este mercado totalitario se ha suprimido la libertad y que todo mercado dejado a sí mismo llega a negar la libre concurrencia. Por tanto, como el mercado es lo menos malo que hemos inventado para la adjudicación de los bienes producidos socialmente, la sociedad tiene que intervenir en el mercado para que no se desnaturalice o para que vuelva a la igualdad de oportunidades y la libre concurrencia, si las perdió.
La sociedad debe intervenir a través del Estado, pero debe intervenir ella misma, porque, como es hoy palpable en las democracias occidentales, el Estado tiende a dejarse manipular por las grandes corporaciones y necesita de una presión mayor de la sociedad para que cumpla su función imprescindible de democratizar el mercado. Con esto estamos diciendo dos cosas complementarias: la primera es que hay que lograr democráticamente conformar un Estado y más en concreto gobiernos realmente populares, es decir que representen de verdad los intereses de las mayorías y no los de las grandes corporaciones.
Para logrado se requiere una labor estrictamente política y para eso hay que valorizar la vocación política. La segunda que hay que configurar grupos, instituciones y movimientos sociales que se conserven como sociales, es decir que no sean coaptados por el Estado ni por partidos políticos ni menos todavía por los grandes grupos económicos a través de su financiamiento.
Así pues, hemos establecido que por ahora el mercado es lo menos malo y por tanto insustituible, pero que para que se mantenga la libre competencia debe ser protegido por el Estado. Pero que el Estado no tiene suficiente densidad para llevado a cabo, y para que no sea sometido por las corporaciones debe ser democratizado desde dentro y además presionado por la sociedad organizada.
Pero en definitiva todo depende de los sujetos y de su calidad humana. Esto es lo último, lo más denso. Pero entendiendo que sujeto humano no equivale a individuo.
Es sujeto el que no se define como miembro de conjuntos. El individuo del individualismo actual cree que es él mismo y que la vida nace de sí porque está tan alienado que no cae en cuenta que es un sometido a la ley de hierro del mercado totalitario y un adicto a determinadas mercancías. Que él elija entre las ofertas, no tiene nada que ver con que la vida nazca de él.
La vida nace de uno cuando uno puede vivir alternativamente ya, cuando uno ni se somete al mercado totalitario ni al embrujo de la propaganda; cuando es capaz de aguantar la inseguridad y las carencias relativas que trae aparejado el no aceptar vivir para hacerse cada vez más competitivo y para consumir; cuando vive su profesión vocacionalmente y ha vencido la compulsión a consumir, no siente necesidad de ello. Ese sujeto es sujeto cualitativamente humano cuando emplea esa libertad liberada en el fomento de la vida y en el reconocimiento activo del diferente y cuando es capaz de sacrificarse por lo que trasciende su interés privado: por la vida concreta amenazada o disminuida, por los diferentes excluidos o estigmatizados.
Sólo de sujetos así, es decir de quienes se propongan serIo con esta radicalidad y luchen sin cesar por conseguido, pueden salir grupos, asociaciones, instituciones y movimientos sociales independientes del Estado y de las corporaciones, que puedan presionados en el sentido de una democracia no sólo procedimental sino con contenidos cada vez más humanizadores. Sabiendo sin embargo que, si es imprescindible caminar hacia que se corrijan políticamente las distorsiones del mercado y se discrimine a los desfavorecidos para que la desigualdad de oportunidades no sea una sima infranqueable, muchos logros positivos han de conseguirse fuera del ámbito político, en el del asociacionismo orientado hacia la consecución de la vida buena y hacia su diseminación.
HIPÓTESIS
Desde estas coordenadas vamos a establecer sucesivas hipótesis dando nuestro veredicto sobre cada una.
Si por socialismo entendemos la determinación genérica pero de fondo de superar la dirección dominante de esta figura histórica, dominada sin contrapeso por las corporaciones globalizadas y más aún por el capital financiero, que desconoce las entidades colectivas y se basa en el individuo y sólo conoce relaciones entre privados, que reduce el contrato de trabajo a un contrato privado sin más condición que el acuerdo de las partes, que reduce la democracia al acto de votar cada vez más mediatizado por los massmedia y que pone el Estado al servicio de las grandes corporaciones, hay que convenir en que también el cristiano que se deja guiar por el Evangelio como último criterio abraza esta misma determinación ya que considera a esta dirección dominante como una situación de pecado. Esta coincidencia de fondo debe ser muy subrayada, y hay que reconocer que a veces se pasa por alto. Pero también es crucial precisar que lo que hemos calificado de situación de pecado es la dirección dominante de esta figura histórica, no la figura histórica en sí, que de suyo puede tomar otras direcciones y ya existen agentes históricos que luchan por cambiada de rumbo.
Si por socialismo entendemos la determinación de superar el individualismo ambiental, que consiste en considerar que el individuo es la única célula social, y de poner en su lugar a la persona, que llega a ser tal por las relaciones que entabla, y reconocer también las entidades colectivas, empezando por la familia,
como células primarias, pero también el vecindario y el municipio, la región histórico-cultural, el pueblo, en el sentido de los de abajo, como un conjunto determinado, la comunidad laboral, las clases sociales, las comunidades educativas, religiosas, el Estado, y las diversas asociaciones de intereses legítimos; si por tanto aceptamos que existe lo público, tanto estatal como paraestatal; si, más todavía aceptamos que existe la humanidad como una magnitud concreta con la que nos unen lazos constituyentes y por tanto deberes y derechos, entonces tenemos que decir que el cristiano consecuente con el Evangelio tiene que superar el individualismo ambiental y asumir esta visión que es la cristiana, insistiendo en que para el cristianismo lo absoluto es la persona y la humanidad, y que todos los demás colectivos tienen sentido en cuanto las vehiculen y expresen.
Así pues, hay que sumarse con determinación a los llamados a incrementar todo tipo de relaciones horizontales y mutuas y por tanto constituyentes de estas entidades, y a través de ellas la participación desde la propia persona como núcleo insobornable.
Si desde lo dicho anteriormente entendemos por socialismo la determinación de poner como el primer problema la superación de la pobreza y de la exclusión porque consideramos que ella no se superará como efecto del mero crecimiento económico, y de esta determinación se sigue la necesidad de cambiar tanto el modelo de apropiación de excedentes (modificando el contrato de trabajo y mediante impuestos) como de su distribución (reconduciendo radicalmente
el presupuesto estatal para incrementar sustancialmente el salario social mediante una educación, salud y seguridad social a la altura del tiempo histórico, y propiciando los aportes de los entes económicos y sociales) y sobre todo propiciando que todos puedan tener empleos productivos y que estén justamente remunerados, tenemos que decir que los cristianos que quieran vivir según el Evangelio deben entrar decididamente por este camino pagando el precio que ello exige, ya que los bienes son escasos.
Si por socialismo entendemos un modelo político en el que de hecho el sujeto determinante no es la persona ni la sociedad sino el Estado, que en la práctica es la fuente de los derechos, el que diseña y conduce todo el proceso, el motor de la actividad económica, el mayor empleador, el dueño de la mayoría de los massmedia y el que los controla a todos, y por eso el que en su funcionamiento concreto mediatiza a las personas y a las organizaciones sociales, si para que eso pueda suceder el Estado en la realidad de los hechos no es responsable ante los ciudadanos sino que está definido ideológicamente y controlado por el gobierno, el cristiano que oriente su vida por el Evangelio no puede componerse con ese modelo.
Obsérvese que hemos insistido no en las declaraciones de principios sino en el funcionamiento concreto ya que un gobierno así ordinariamente no va a aceptar que eso es lo que hace sistemáticamente y por tanto que eso es lo que es en la realidad, independientemente de cualquier verbalización.
Si por socialismo entendemos una conducción vigorosa del Estado para acabar con el totalitarismo de mercado y por tanto con la dictadura de las corporaciones mundializadas devolviendo su fluidez al mercado, estableciendo la libre competencia y propiciando una cada vez mayor igualdad de oportunidades mediante la discriminación positiva de los que están en desventaja, empezando por los que están simplemente excluidos, y propiciando para ello la expansión vigorosa de todo tipo de asociaciones, sobre todo las organizaciones de base de los de abajo, y estimulando la sana politización de la sociedad, la adscripción política de los ciudadanos y la participación efectiva y el control por parte de ellos de la administración estatal, y si para favorecerlo se procura incluso por medios legales que los massmedia informen con veracidad, aun con su respectiva línea editorial, y no elementaricen a las personas, despersonalizándolas con sus imágenes de violencia y sexo, entonces los cristianos que se guíen por el evangelio deberían apoyado.
* Miembro del Consejo de Redacción
MARZO2007 I SIC 692 |
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